Delirios de Grandeza

Hoy | septiembre 16, 2008

Hoy no podía dormir, no he podido evitar abrir los ojos. Me he develado con una obsesión, te escribiré el mejor relato del mundo. Notarás que hace apenas 3 horas empapaba mi cama de sudor mientras corría las hojas amarillentas de mi libro favorito de Leonard Cohen, mientras sonaba la armónica de Bob Dylan de fondo. Lo notarás en cómo me influye a la hora de escribirte, en que sé que puedes escuchar su voz rota y su guitarreo de fondo, en las ganas que tendría de decirte que no paro de pensar en tu mirada camaleónica, en tus ojos difusos que me visten de etiqueta, en los deseos de un paseo en barca contigo en el que nos perdamos en medio del lago y me hagas una buena mamada.Hoy me llena esta obsesión, hoy que es un día cualquiera. Un cualquier día como cualquier otro en el que agarro mi guitarra y sus cuerdas zurcen las yemas de mis dedos, un cualquier día cualquiera con un cielo estampado en gris y con gorriones de papel húmedo volando. Por eso mismo, por ser un día tan especial entre los que no nos dicen nada mis ojos giran como un día cualquiera y mi mente está tan estancada como un delta sinuoso convertido en estanque de patos ante la pícara sonrisa de una luna casi muerta que ha dejado a la luz las botas y los neumáticos del fondo de la vida de su enemigo. Por eso te escribo esta prosa poética tan infumable como las hojas de acebo, tan melancólica como la mirada de un tritón.

Hoy es el polvo de la habitación mi mejor amigo, deja ver los rayos de luz que entran por la persiana y me recuerdan los destellos de la linterna del acomodador del cine. Tantas veces que amenazaba y tan pocas veces hizo el ruido suficiente como para que yo me largase. Me desvestía y como un adolescente pervertido quería tatuarme sucios pensamientos en mis heridas más profundas. Pero la más golfa de mi clase de tercero me miraba con mala cara desde la última fila, como si fuese yo el más loco de aquella sala principal.

Hoy es un día como aquel triste día en que cambió mi vida sin yo saberlo, en que un mísero capricho se convirtió en la almohada de espigas cubierta de polvos de talco que hacía daño en mis mejillas y las curaba con cada soplo de aire fresco.

Hoy te digo que disfrutes de este tu relato, porque a ratos te odio tanto que te lo mereces. Porque no te darás por aludida, porque no sabrás que es tuyo, porque mi camisa de fuerza no me ha soltado del todo. Porque arranco las durezas de mi piel con escoria recubierta de aceite ardiendo mientras tú no sabes nada, porque me sigo callando día a día como una jodida puta de lujo.

Hoy te dije que anoche no fue una noche como una cualquiera. Y ahora que vuelve a ser una noche más me esfumo gritando que ojalá no me hubieras calado tanto aquella noche que puede que no se repita jamás.

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2 comentarios »

  1. Sigue calando tan hondo como la primera vez que lo publicaste.

    Comentario por Andrómeda — septiembre 16, 2008 @ 20:29

  2. Me ha gustado hasta la última gota de ese sudor…

    Comentario por shehere — septiembre 17, 2008 @ 22:19


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