Disfrutas de la ciencia, aplaudes miradas y te resignas el dolor. El del cansancio acumulado, la fatiga indescansable. Ese que que se refugia en tus pies, asomando cuando más duele, pero que recorre tu cuerpo hasta la cabeza. Que te hace pensar en lo que nunca se olvida y olvidarte de a lo que has venido a aprender. Una catástrofe tan solidaria con los demás como autodestructiva contigo mismo. Y no te queda más que drogarte para mentir al presente y disfrutar lo que te queda.