Decidí armarme de valor, meterme unos billetes en el bolsillo trasero del pantalón, cubrir mi cabeza con aquel gorro de lana viejo y encender un cigarrillo. Era el momento exacto para salir ahí fuera al encuentro de lo que buscaba, sin demasiada información de qué debía hacer para ello, pero convencido de que hay cosas que nos sentimos obligados a hacer por nosotros mismos. Esa motivación que ya no existía por las calles que recorría cada día eran el motivo. La búsqueda, salir al encuentro de nuevo de quien se escondió hace tiempo.
Al menos sabía perfectamente dónde tenía que ir, tenía aquella dirección grabada en la mente, pese al extraño idioma que se aferraba tras ella.
Nos hubéramos mirado a través de un marco de papel si hubiera sido ilegal. Mirar con descaro a la chica de al lado de la biblioteca, caminar por la noche como gatos hambrientos, fumarnos un cigarrillo de papel. Dos millones de cosas absurdas que decir. Héroes de nuestra estupidez bailando en la oscuridad de nuestra habitación.
Todos los días jugamos con más que fuego por encontrar nuestro sitio. Poner remedio a lo inevitable, conseguir el suficiente ego como para nadar en nuestros sueños. Lamentar no hacer lo inexplicable y desear no haber hecho lo impensable. Correr a un callejón sin salida y escapar con la visión de una película de ficción.
Nos tapamos los ojos, seguimos creyéndonos inteligentes, y no sabemos vivir. Nos queda el consuelo de que tampoco se puede aprender.
Como cuando sólo penetra
la luz aleatoria de tu habitación
en una noche al azar
de febrero entre tus sábanas.
Como cuando dices que no me fumarías,
con una copa de hielo en tu mano
y se esboza entre tus dientes
que ha sido increíble.
Como cuando me prometes
desnuda y sin temores
que nunca serás mía
por muy verde que amanezca.
Como cuando me adviertes
de que no conozco tu boca,
que no he aprendido a jugar todavía,
que correr no será suficiente.
Como cuando suspiras
que he de marcharme ya,
que has perdido tu aliento violeta
que me tiene paralizado.
Como cuando me lamento
de no poder evitar
volverme loco
y tener que salir huyendo.
Como cuando recuerdo
tantas noches sin dormir,
y esa deseo relativo
mientras mis labios articulan palabras.
Como cuando no me arrepienta.
No entendía tanta expectación, siempre me lo decía, intentaba no mentirme con esas cosas. Para ella incluso era el lugar más feo del mundo. Una distorsión de la realidad que provocaba sarpullidos en la piel. Todo lo que veía era tan irreal como efímero. Las miradas que allí se cruzaban no significaban nada, simplemente humo de cigarrillos, café con leche y sexo en uniforme.
¡Ey! Mira, vamos a hacer una cosa, tú no te esfuerces en preguntarte por qué me cuesta tanto recordarte, ¿vale?. Está claro que eres especial, si acaso fallas en que eres distinta, igual que todos, pero no se, tienes tu aquel, para qué negarlo. No quiero sonar criticón, ni frío, ni fanfarrón ni malicioso. Tampoco quiero que me odies por esto, pero ¿yo qué quieres que le haga? Tú estás aquí, yo estoy allí, y viceversa. No hay nada horrible en ello, pero mi cabeza no puede darme tiempo.
Piensa en ello, al menos no siempre la cabeza lleva la voz cantante, ella no está dando vueltas a este cenicero ahora mismo.
He perdido la motivación. No tengo sensaciones, las he perdido todas. Ni razones para salir de casa, ni argumentos para encerrarme dentro. He paseado ya demasiadas veces las mismas calles, he cruzado la frontera sin éxito alguno. Mi cuerpo envejece, mi mente se pudre entre la repetitividad de estas imaginarias paredes. No busco un texto que impresione, no quiero maquillar la forma.
La noche me parece igual que el día, dos copas de más no surgen efecto. Necesito huir, buscar alguien que ya no esté de vuelta, un ápice de imaginación que cambie esta rutina. Busco respuestas en lineas sin sentido, me identifico con personajes de ficción, miro atrás constantemente. Empiezo a agonizar en esta ciudad, rodeado de esta gente, con estos recuerdos.
Es tan lastimoso que no me quede ninguna idea sobre la que escribir, que pasan los días y no me acuerdo de intentar olvidarte.
Y vale esto más que una promesa sin sostén ni calcetines, en cualquier amanecer.
Planeo sin un rumbo prefijado,
como tu mirada asesina
cuando cruza la noche.
Lejana, fría y calculadora,
como el último beso de hoy
y el ninguno de mañana.
Sin comas, sin pausas,
como cada segundo que perdí
en aquela desmembrada esquina.
Arrastrando mi quebranto por el suelo
en estos días de hambre,
sin nada que llevarme a la boca
muriéndome de sed.
¿Dónde comienza la ruptura que separa el abismo existente dentro de nosotros?
¿Qué nos diferencia de la escoria que tropezó con la misma piedra?
¿Por qué pensamos menos que nada?
¿Qué sensación es esa del frío?
¿Por qué nos apagamos?